Bernardo Elenes Habas
No sólo de pan y de política, vive el hombre.
Lo he venido diciendo desde hace varios años.
Cajeme, y fundamentalmente Ciudad Obregón, reclama a través del espíritu indoblegable de sus fundadores, entre ellos los más anónimos y olvidados, un museo que refleje la esencia de un pueblo asombroso, con raíces, definición de grandeza, presente y a futuro.
Escribí la crónica que aquí transcribo, hace tiempo. La seguiré repitiendo hasta que se me pongan de plata los labios. Hasta que las palabras se desgasten y se vuelvan astillas de efímera luz en los ocasos del Valle del Yaqui.
Homenaje a los fundadores
Noviembre, penúltimo mes del año, está en marcha.
Los hechos que se forjen en este trayecto, tendrán que pasar a la historia por razones naturales. Porque la memoria comunitaria los guardará como acontecimientos que remarcan el nacimiento de un poblado valiente, corajudo, progresista, que sabe defender su heredad colectiva, y luchar contra despojos e injusticias.
En Cajeme, los próximos días 29 y 30 de noviembre, cerrarán 91 años en el devenir de su fundación como Municipio. Y los hombres y mujeres que le dieron trazo y luz, serán recordados en actos señeros que programarán las autoridades, como sucede cada año.
A finales del mes, madurarán 91 años en que Cajeme se erigió como Municipio, luego de haber dibujado su silueta desde 1907 contra el horizonte agreste y silencioso de los cerros vigías al oriente, con una casita de madera y un tinaco, parte visible del pozo ahí perforado, que abastecía de agua al tren que llegaba desde Estación Corral, primero a la recién inaugurada Estación Esperanza, siguiendo diez kilómetros hacia el sur, pasando por estas latitudes, para buscar extenderse hacia Navojoa y otras comunidades del país.
Contaban los viejos de aquellos tiempos, con voces llenas de eternidades, que luego, hacia 1912, se construyó otra vivienda más, un embarcadero para ganado, un expendio de bebidas y de artículos de cuero, un almacén para pasturas, en lo que sería el primer núcleo de un Cajeme portentoso y abierto al horizonte.
Así, para 1923, esa semilla emergió desde la tierra virgen de Plano Oriente, para erigirse como Congregación, y luego, en 1925, Comisaría, con 450 habitantes, apuntando hacia el futuro. Y en 1927, por fin, un 29 de noviembre que huele a júbilo y distancia, se decretó la Ley Número 16, instituyendo a la Comisaría rural, de calles desnudas y cielo límpido por donde se veía cruzar las aguilillas y otras parvadas, en Municipio Libre, como quedó asentado en el libro número 45, Tomo XX del Boletín Oficial del Estado, correspondiente al 30 de noviembre de 1927.
Cajeme es conjunción de sueños y realidades. De nombres visibles en su fundación prodigiosa. Pero también, de manos anónimas que sembraron su sangre y sus vidas, como cimiento extraordinario de un pueblo que aprendió a fortalecer sus espigas de luz con su trabajo. A construir sus crónicas de hoy y de futuro, con visión de grandeza.
En ese sentido, la historia es estricta y no admite concesiones.
Por eso, mientras más años se acumulan en los anales de la fundación de Cajeme, más crece el recuerdo de quienes lo construyeron con sus manos, desde la vigencia de nombres y apellidos incluso extranjeros, pero también brotados desde el anonimato limpio, desde la humildad que solamente la gente de pueblo sabe preservar, de aquellos que se marcharon con su paisaje rural a cuestas, con sus bagajes de sueños calcinados por los soles de agosto, con los relatos escritos por la vida en sus rostros y en la piel del alma.
Un museo, memoria viva de Cajeme
Tengo cierto que las autoridades municipales de ayer y de ahora, en su vertebración administrativa, deben un reconocimiento a esos hombres y mujeres que permanecen en el olvido. Que no están representados en el formidable monumento a Los Pioneros erigido durante la administración de Eduardo Estrella Acedo (1982-1985), ni en las placas con nombres grabados que subsiste en Palacio Municipal, ordenadas por Ricardo Bours Castelo, durante el trienio de su alcaldía ((2000-2003).
Considero, firmemente, que ese reconocimiento podría ser la creación de un museo que se constituya en semilla y flor de Cajeme.
Espacio señero donde estén vigentes las aportaciones en fotografías, aperos de labranza, armas, utensilios de cocina, muebles, libros, instrumentos musicales, maquetas y tantos objetos que fueron parte del ayer, y que hoy servirían de lección viva para las nuevas generaciones.
Es preciso que la memoria de Cajeme no muera.
Es necesario que los niños y jóvenes de hoy y de mañana, sepan que en los cimientos de la comunidad hubo gente que trazó calles, construyó con sus manos casas, escuelas, hospitales, que abrió los caudales de la alegría con su música, su genio, su solidaridad humana; marcando el inicio comunitario, sin lograr más fortuna que la satisfacción de haberle dado vida al pueblo convertido en ciudad, en Municipio, que el próximo 30 de noviembre cumple 91 años de sol, lluvia, tempestades y progreso.
¿Por qué no lograr que las actuales y las autoridades venideras, siembren y hagan florecer la semilla de una obra señera que se convierta en puente dispuesto a definir el horizonte pretérito del terruño solariego hacia el futuro, para que en él se refleje la capacidad de asombro de las actuales y de las nuevas generaciones, y sepan, comprendan, de dónde vienen y para dónde van?
Un museo, debe constituirse en ventana abierta hacia una realidad de esfuerzo y trabajo que ayer fue. Espejo multiplicado de acontecimientos y luchas. De anhelos y emociones. De testimonios, para que los caminos de los niños, de los jóvenes actuales y de los que vendrán, definan la consistencia de sus huellas. La estructura colectiva de su estirpe. El río de la vida que no cesa. ¡Qué demanden su acta de identidad, para que sepan aquí, ahora, siempre, proclamando ante el mundo, cómo nació este pueblo, su pueblo, nuestro pueblo…!
En el Plan de los 100 días, proyecto de Museo
Cierto, en el Plan de los 100 días de Gobierno del alcalde Sergio Pablo Mariscal Alvarado, se proyecta la alternativa de crear un museo con la temática de la agricultura como actividad de origen del municipio y sus localidades. Pero debe considerarse como el alma de todo paisaje, de toda actividad, de todo movimiento social, al ser humano. Su influencia, fortaleza, visión de futuro, persistencia para ponerle alas a sus sueños, y a partir de ese eje capaz de mover convicciones, trazar los planos futuros desde lo incierto a lo cierto, dimensionando secciones históricas en un todo armónico, hasta captar la esencia, el alma de un pueblo que no deja de transformarse a sí mismo, abriéndose paso, sin treguas, desde 1927 hacia el futuro.