Bernardo Elenes Habas
La democracia participativa, no es otra cosa que el socialismo del siglo XXI.
Lo define Heinz Dieterich Steffan, en su libro El Socialismo del Siglo XXI, ediciones de Paradigmas y utopías, del Sistema Nacional de Escuelas de Cuadros del Partido del Trabajo.
Dieterich, sociólogo alemán (doctorado en ciencias sociales y económicas, e integrante del Sistema Nacional de Investigadores de México, quien posee un largo listado de aportaciones en su línea de formación académica, social, política), enmarca la importancia del nuevo proyecto histórico de la ciudadanía en diferentes países, desembocando en la figura de democracia participativa, proyecto histórico que, con la conjugación de las mayorías en las sociedades actuales, tendrían la capacidad de superar al capitalismo global.
Este tipo de planteamientos que exponen Dieterich y otros autores universales, se convierte en la gran preocupación de los grupos que detentan el poder económico en México, porque sopesan que de alguna forma será el eje rector de la política económica y social que aplicará gradualmente durante su mandato en el país, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador, es decir, abrir la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones políticas sustantivas. Como de hecho ya lo hizo con el NAIM.
Y sus angustias no son del todo ficticias, porque la estructura del nuevo gobierno con raíz en el Congreso de la Unión, ha comenzado a dar muestras de cambios que en el pasado, con las administraciones priístas y panistas, eran impensables, como la revocación de construcción del NAIM en Texcoco; la Ley de Remuneraciones de Servidores Público que, al mismo tiempo pone fin a las oprobiosas jubilaciones de ex presidente de la República.
Y, más reciente, la aparentemente fallida iniciativa para eliminar el cobro de comisiones por movimientos bancarios, que vino a remachar los clavos de las sospechas de los capitanes del dinero, lo que provocó una fuerte caída en la Bolsa Mexicana de Valores. (Propuesta congelada antes de entrar al Congreso, pero que ahí está y que al calor del tiempo y las circunstancias, podría cobrar vida).
Una muestra del nerviosismo de los propietarios del poder económico de la nación (quienes no se confían de abrazos y buena voluntad y menos de una República Amorosa, porque ya obran en su poder elementos de juicio que apuntan hacia una transformación política y social de fondo en México), es la forma en que organizan sus tácticas de lucha, principalmente mediáticas, las que podrían endurecer a partir de diciembre, porque las señales de los tiempo –lo saben, lo captan en el ambiente- no les son favorables.
Ayer mismo –domingo-, en la Ciudad de México, se realizó una marcha contra la consulta que dio marcha atrás al NAIM, y por supuesto, previendo las que vendrán. Y esas movilizaciones, desde luego, son organizadas por nombres y apellidos poderosos y no precisamente por la gente del pueblo.
Pero, además, preparan otra manifestación para el 2 de diciembre, quizás sabedores de las revelaciones que hará López Obrador al asumir como Presidente de la República el día 1, cuando se despejarán muchas dudas.
Le saludo, lector.