Bernardo Elenes Habas

La clase trabajadora, espera que el arribo del 2019 sea diferente.

Mantiene esas expectativas en la llegada del gobierno que encabezará Andrés Manuel López Obrador, alentado por el voto popular en los comicios del pasado 1 de julio.

Sin embargo, el nerviosismo de las familias de obreros y campesinos, aquellas que no sienten en sus manos y en sus mesas, desde hace muchos años, el progreso que tradicionalmente  exaltan los políticos en sus discursos, persiste.

Como siempre, cada vez que se acerca la entrada de un nuevo año, se extienden los nubarrones de la incertidumbre.

No solamente entre el sector laboral, sino también en el tejido de la micro, pequeña y mediana empresa.

Hay desconfianza,  a pesar de que el nuevo gobierno, con su visión diferente de patria transformada, entrará en funciones dentro de 15 días.

La experiencia les dice a obreros, campesinos, comerciantes, industriales, profesionistas de diferentes disciplinas, que cíclicamente, al pisar el umbral de los 365 días venideros, se han enfrentado desde siempre con nuevos impuestos, incrementos en los ya existentes y una despiadada escalada de precios en básicos, cuyo reetiqueteo se abre desde diciembre, acabando en un santiamén con los míseros beneficios de 3 o 4 por ciento de aumento en sueldos, arrojados como dádiva por el Gobierno y los sectores empresariales.

Las familias de la clase obrera y campesina, no tienen cierto, sobre qué pasará, ahora.

Por ejemplo, tiangueros de Cajeme manifiestan su temor de que les incrementen las cargas impositivas. Esto representaría un duro golpe para ellos -comerciantes mínimos que se auto emplean-, porque al pertenecer a las filas de la tercera edad la gran mayoría, no podrían encontrar trabajo fijo, y el único camino que les dejarían sería sumarse a la informalidad. Como me comentan.

Me dicen, algunos obreros con quienes hablo de frente, que los gobiernos, cuando ajustan sus paquetes económicos y definen nuevos impuestos o cobros por servicios, no toman en cuenta que la afectación es integral, porque si se trata de combustibles, electricidad, reemplacamiento vehicular, costo de licencias para conducir, casetas de peaje, entre otros casos, quienes salen más perjudicados son los consumidores finales de básicos, ropa, calzado, combustibles,  electrodomésticos, ya que los sectores empresariales nunca pierden y repercuten en sus productos, mercancías y servicios que ofertan, los gravámenes que les endilgan.

Nadie quiere perder, pues.

Y, ciertamente, con esta práctica tradicional, no se desgastan los niveles de gobierno, porque continúan su ritmo de actividad y programas proyectados. Con estructuras de alta burocracia despiadadamente obesas. Y en el caso del sector empresarial tampoco absorben pérdidas. Resultando sacrificados, como siempre, los trabajadores y sus familias, castigados inexorablemente con adiciones salariales infamantes, como el incremento de 4 pesos en 2018, generando un mínimo de 88.36 pesos, cuando la canasta básica se adquiere con 94 pesos o más, de acuerdo a lo expresado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social –Coneval-; no obstante, el presidente Enrique Peña Nieto, exclamó, en su momento, jubiloso: “¡No se trata de un ajuste menor!”.

En breve, pues, entrará diciembre, con sus luces multicolores, villancicos y expresiones de buena voluntad. Pero en estos nuevos tiempos, con la esperanza por parte de la clase trabajadora y sus familias, que los nubarrones de inseguridad sufridos por los mexicanos año tras año, sexenio tras sexenio, sean borrados con una acción justiciera.

Y lo que, desde ahora le piden a Andrés Manuel López Obrador, al Congreso de la Unión, no es un favor, sino un acto de justicia.

Es decir, que el espíritu del artículo 123, se aplique en su bella y estricta magnitud, y deje de ser la metáfora que ilusionó por siempre a los mexicanos, y que los malos líderes sindicales aseguraban que los enunciados de los salarios mínimos se constituían solamente en un referente, porque todos los trabajadores ganaban más.

Piden, con claridad de conciencia, trabajadores de Cajeme, de Sonora, principalmente de maquiladoras, que los salarios mínimos generales sean suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria  de los hijos…como lo expone el texto constitucional.

Andrés Manuel López Obrador (y por ende senadores y diputados que conforman mayoría en el Congreso) deberá tener oídos, alma dispuesta y pasión justiciera, para quitarle el maquillaje demagógico a ese enunciado, y convertirlo en una norma de carne, hueso y realidad.

Le saludo, lector.