Bernardo Elenes Habas

La mañana del viernes 3 de diciembre de 1993, era sombría.

El frío, aleteaba fuerte sobre el Valle del Yaqui, como pocas veces sucede.

Ese día, había llegado temprano a la Redacción del Diario, porque le daba seguimiento, como reportero, a la invasión de predios urbanos por solicitantes de lotes, al sur de la ciudad, en el área del ejido El Rodeo. Era alcalde Faustino Félix Escalante y gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones.

Encontré a Olivia, la recepcionista, llorando. Había desconcierto al interior de la que era, desde hacía varios años, muchos, mi casa de trabajo.

-¡Don Jesús se dio un balazo! –me dijo.

Recibí una llamada de Gilberto Márquez, director del periódico en ese tiempo, confirmándome los hechos.

A partir de ese momento, algo se derrumbó en mi interior. Tenía un gran aprecio por don Jesús, por su cercanía, su amistad, sus enseñanzas.

Los signos dramáticos con que iniciaba ese diciembre de hace 25 años, me decían que ya no sería lo mismo. Que haría falta el horcón de en medio para sostener la ramada colectiva en que había convertido su periódico.

El tiempo fue puntual con sus respuestas. El rumbo liberal y juarista del Diario, cambió a los pocos años, porque pasados los sexenios de Beltrones, Armando López Nogales y Eduardo Bours Castelo, cayó en los brazos de Guillermo Padrés Elías.

Y desde el miércoles 27 de diciembre de 2017, inició una nueva etapa –la guía moral de don Jesús Corral Ruiz la habían enajenado sus sucesores, durante el sexenio de Padrés Elías-, ahora bajo otros propietarios.

 

Hace 25 años murió Corral Ruiz

Hace 25 años murió Jesús Corral Ruiz, periodista visionario, hombre de su tiempo que supo forjar escuela digna de su profesión, y con quien tengo una deuda de gratitud.

Lo conocí muy bien, fue mi Maestro, fui su amigo.

Aprendí a recorrer junto con él -con Jesús Corral Ruiz-, los caminos del periodismo. Pero también de la literatura, de la amistad, de la lealtad sin límites. Valores que cultivaba y resaltaba en las reuniones bohemias, donde predominaba la buena charla yla música fina que se deslizaba, siempre, como fondo agradable de las tertulias, luego de las esforzadas tareas en la sala de redacción del Diario, que fue mi casa hasta junio del 2014, en que, ya muerto don Jesús, me arrojaron a la calle con todos mis sueños.

Las convivencias que organizaba el Maestro, no era tiempo perdido. Siempre había en ellas una enseñanza noble para quienes formábamos parte de esa asamblea de conciencias hermanas. Incluso, se repasaban pasajes de la historia de Cajeme y de México, donde se volvía evidente la pasión del periodista por la vida de Juárez, el Benemérito; pero también, se emocionaba con el estallido revolucionario de 1910, mismo que tenía como bandera la búsqueda de la justicia social, y que, finalmente, propósitos tan generosos fueron truncados hasta llevar al pueblo por senderos de ignominia, como explicaba.

La literatura, especialmente en sus géneros de poesía y narrativa, se constituían en tema recurrente sobre las mesas de trabajo que improvisaba, donde brotaban madrigales y sonetos, a los que se encargaban de imponerle su luz Jesús Antonio Salgado y Rigoberto Badilla, con los arpegios de las guitarras de Joaquín Verdugo de Antonio Fonseca; o bien, la melodía bella surgida del talento de Luis Montoya en su teclado.

En ese ambiente, irrumpían las voces privilegiadas del Chacho Barreras, Francisco Moreno Apodaca, Horacio Soto, María Constanza, quienes dejaban constancia de su arte como juglares de todos los tiempos.

 

El Diario, legado de don Jesús

El más legítimo legado de Corral Ruiz para Cajeme y Sonora, es sin duda El Diario, en cuyas páginas muchos cajemenses aprendimos a leer, pero esencialmente a sentir el mensaje orientador y con una carga social definitiva que su fundador sabía imprimirle.

Hoy, debo decirlo con la humildad que solamente puede surgir de un ser emocionado, se cumplen 25 años de la muerte de Jesús Corral Ruiz, leyenda señera del periodismo, quien, con su ideario magnifico y su cátedra laica, supo forjar a través del tiempo, profesionales de este oficio comprometido y profundo, quienes continúan -continuamos- llevando su nombre y su enseñanza con dignidad, para que aquellos que nada tienen encuentren en el periodismo legítimo, una trinchera de lucha por la defensa de los derechos humanos, de la espiga colectiva de la justicia.

 

El Diario fue escuela y guía

El Diario, fue aula formidable donde se forjaron varias generaciones de periodistas, y otros maduraron su vocación y profesionalismo, que luego diseminaron sus conocimientos por la geografía sonorense, como Bartolomé Delgado de León, Carlos Moncada, Francisco y Tere Gil Gálvez, Mario Vázquez Jiménez, Álvaro Zepeda Neri, Albérico Goycochea, Horacio Roldán, Esteban Valle, Manuel Burrola, Salomón Hamed, Antonio Castellanos Olmos, José Escobar Zavala, Rafael Orduño, Rodolfo “El Güero” Peña, Pedroy Gilberto Márquez Trujillo, Alejandro Oláis, Fernando Romero Santander, Moisés Ortiz López, Víctor Manuel Zárate Urbina, Manolo Sánchez Hidalgo, Heriberto León Peña, Rafael e Ismael Montaño Anaya, Adrián Olea Barreras, Mario Castro, Diego Mátuz, José Guadalupe Barreras, Alfonso Araujo Bojórquez, Esteban Carrasco, Mario Figueroa, Rogelio Barraza, David Guzmán Chávez, Cesáreo Pándura, Miguel Cebreros, Juan Meza, Miguel Ángel Alvarado, Marielos Fierros, Jesús Osuna, los hermanos Miguel Ángel, Abel, Trinidad y Javier Morales, Ramón Alejandro Mena, Francisco López, Jesús Rivera, Manuel Ramírez, Faly Camacho, Dimas Norberto Ochoa, Ramón Iñiguez Franco, Jesús Antonio Salgado, Luis Armas, Bertha Alicia González, Marco Antonio Palma, Juan Barragán, Arturo Campos, Cuauhtémoc Mávita, Sergio Ibarra, Eduardo Flores, José Gómez Escobar, Maritriny Sánchez Montoya, Esther Rosas Becerra, Claudia Guadalupe Pérez, Patricia Montoya, Sandra Barraza, Mirna Araujo, Dulce María Juárez, Sixto Román, Maricela Núñez Ortega, Yadira Montoya, José María Cerecer, Becker García, Javier Martínez Barraza, Pedro Ayón, Moisés Cano, Edmundo Galaz, Javier Saucedo, Aracely Martínez, Javier Romero, Humberto “Cacho” Angulo, Martín Mendoza, Miguel Ángel Vega, Fabiola Navarro, Herminia Ochoa, Francisco Angulo, Gerardo Robles “El Mago”, Servando Rubio, y tanta gente que le dio prestigio al Diario desde sus trincheras como reporteros, columnistas, fotógrafos, encargados de secciones.

Asimismo, se definían en fogata que alumbraba el paisaje de la creación literaria, Bartolomé Delgado de León, Carlos Moncada, Miguel Sáinz López Negrete, Juan Eulogio Guerra Aguiluz, Rafael A. Ramos, José L. Guerra, Manuel Burrola, Herón Padilla, Jesús Grijalva, Jorge Lara Castellanos, Eustolio del Río, Juan Noriega López, Mayo Murrieta, Gerardo Cornejo, Gaspar Juárez, Abraham Montijo Monge, José Meraz, Jesús Antonio Salgado, María Constanza, Alejandro Mungarro, Alí Sierra, Daniel Delgado Saldívar, Mara Romero, Mario León Uriarte, Alejandro Román Rivera “Luciano”, Carlos Verduzco Meza, Rigoberto Badilla, Juan Manz, Irma Arana, Francisco Sánchez, José Manuel Franco, Ricardo Nieblas, Emma Clark, Glafira Osorio, Andrés González Prieto, Magda Irma Palomares, Santos García Wíkit, Rogelio Arenas, René Soto Reyna, entre muchos personajes, quienes le confirieron dimensión y luz a la narrativa, la poesía, el ensayo, como después lo siguieron haciendo el puñado de colaboradores del Taller de Literatura, que yo coordiné diez años, y luego Ramón Iñiguez Franco, con Quehacer Cultural.

 

Ya no hay Quijotes, don Jesús

Hoy, cuando se cumplen 25 años de su muerte, reafirmo mi admiración por un sonorense que ya es parte de la historia de mi pueblo, a quien le profeso gratitud de amigo y Maestro, y rememoro las estrofas de un poema que escribí para él y lo puse en sus manos, cuando su Hijo Mayor, El Diario, cumplió 50 años en 1992.

I.- Señor, con esta misma voz con la que forjo en las mañanas oraciones de tierra./ Con esta misma voz que ha aprendido a darle cauce a las pasiones. A conjugar con humildad/ vocablos ignorados/ como Amor, Justicia, Libertad./ Con esta voz que grita y se estremece cuando golpea el infortunio a los humildes,/ le hablo/ y le digo,/ que ha trazado un camino perdurable./ Que junto a la ortiga, abre sus pétalos la flor/ e inunda con aromas su horizonte./ Que el valle, la sierra, la costa, la distancia,/ saben llamarlo por su nombre./ Porque es usted Sonora,/ conjunción de Padre-Hijo./ De nostalgia y futuro./ De sangre renovada en el río sin límites del tiempo.

II.- Yo sé que hoy se le vendrán de golpe los recuerdos,/ e intentarán abrir su luz las cicatrices./ Pero:/ ¿Cuántas batallas no han pasado por sus manos?/ ¿Cuánto rumor de sueños no se han vuelto semilla/ en la parcela vertical de su conciencia?/ ¿Cuántas ideas no han sabido derramar/ sus pródigas espigas? Ya la maldad no moja sus raíces,/ y las injurias se quiebran en su pecho/ como torrente de aves derrotadas.

III.- ¿Quién puede, ahora, vestirse su armadura/ y cabalgar las sombras/ inventando sin tregua la alborada,/ como lo hizo usted, desde un lejano abril/ que huele a tinta, letras, lágrimas?/ ¿Quién puede enseñar a los demás a navegar un Barco de Papel,/ a edificar por vocación y compromiso y gratitud,/ la historia cotidiana de Cajeme,/ a darle brillo a la memoria de Sonora?

Hay una deuda con usted, que no será saldada./ ¡Ya no hay Quijotes, DON JESUS, de su estatura!