Bernardo Elenes Habas
Ahora se entiende con claridad, que no era fortuita la preocupación de la Confederación Patronal de la República Mexicana –COPARMEX-, al pronunciarse hace seis años (diciembre 2012), porque enero de 2013 iniciara con un gran pacto social, capaz de lograr la reducción de la informalidad, la pobreza y la desigualdad en el país.
Sabían, quienes conforman esos grupos de poderosa fortaleza económica, que el Pacto por México, firmado por el entonces presidente Enrique Peña Nieto, en contubernio con los líderes del PRI, PAN, PRD, aunque les favorecía, traería consigo mayor desigualdad en el país, con el consiguiente peligro que esto implica.
Pablo Castañón, presidente del organismo privado, y por supuesto los integrantes de la singular cúpula empresarial del país, reconocían, tácitamente, la existencia de alarmantes signos de inestabilidad social que podrían reventar inesperadamente, en el medio urbano y rural y generar, a partir del nuevo año ((2013), graves conflictos.
Se había realizado, por esos días, una marcha silenciosa de los zapatistas; latían, aún, los exacerbados brotes de violencia surgidos durante la rendición de protesta como presidente de México de Enrique Peña Nieto; crecían los reclamos de campesinos ante el abandono a que han sido sometidos en las diferentes regiones del país; asomaba la manifiesta rebeldía de una juventud que aparentemente permanecía sumisa, sin ideas y objetivos; los tambores de las etnias alzaban sus voces cargadas de eternidad ante la indiferencia de los gobiernos, entre otros focos que permanecían encendidos en diferentes puntos del territorio nacional, constituyéndose en motivo de alarma de los grandes empresarios, quienes mostraban su azoro ante una situación que no se atrevieron a detener cuando era posible, mostrando sólo una simulada preocupación en el discurso y reafirmando su confianza en los sexenales amasiatos con las estructuras gubernamentales.
El nerviosismo de la COPARMEX, no se sustentaba solamente en los 29 millones de mexicanos trabajando en la informalidad y cuyas familias carecen de seguridad y prestaciones sociales, porque sabían que esto era –y es- apenas parte de un problema no coyuntural, sino de un síndrome estructural de acelerada desintegración social de un país que ha sufrido, por años, la desigualdad y el abuso del poder, sustentado en la premisa nefasta de gobierno rico y pueblo pobre.
Y, por supuesto, ese nerviosismo también se percibía en el presidente Enrique Peña Nieto, y en la clase política, porque si se analizan sus declaraciones de esos días, se encuentra que muestran conceptos vehementes dirigidos a los mexicanos para superar las divisiones por diferencias partidistas o credos.
Así lo decía, en los días de inicio de su mandato, buscando transformar el país:
“Queremos caminar de manera acelerada, acelerar el paso para la transformación y cambio de México, para que podamos dejar de lado aquello que pueda dividirnos, que nos pueda diferenciar a unos de otros por razones de credo, de religión o por razones de posición política; que más allá de ello podamos poner por delante un ánimo constructivo, un ánimo positivo, que nos permita realmente incidir en la transformación social del país”.
Pero, el ahora ex presidente, nunca quiso entender que el principal motivo de división en el país, era y es la brecha dimensional que separa a un reducido y poderoso grupo político y financiero que todo lo controla; y que a las grandes mayorías de mexicanos prácticamente les cerraban los caminos de supervivencia.
Todo esto, constituía una mala señal de la que, el reducido grupo de detentadores del poder económico y político, podrían, alguna vez, arrepentirse…
Sí urgía, pues, en el país, un gran acuerdo social, como lo proponía el dirigente de la COPARMEX, o tal vez darle vigencia a la Reforma del Estado que venía impulsando Manlio Fabio Beltrones, pero sustentada en una visión de igualdad y de nacionalismo bien cimentado, para que México no se pusiera en subasta con la apertura de la explotación de sus recursos estratégicos, principalmente el petróleo, ante países extranjeros; asimismo, que tampoco siguieran manejando a la patria secuestrada, las 53 familias que detentan monopolios y riqueza inimaginables, incluyendo, en esos inventarios, a varios partidos y a sus principales líderes.
Pero la patria les reventó en las manos a sus secuestradores, con una revolución pacífica promovida por el México profundo, a partir del 1 de julio de 2018, misma que está en marcha, encabezada por Andrés Manuel López Obrador.
Los días por venir, son impredecibles.
Existe una fuerte oleada de odio que recorre el país, presuntamente auspiciada por una minoría que se estremece por los cambios que vendrán, pensando, tal vez, que la democracia participativa, podría ser el socialismo del siglo XXI, como afirma Heinz Dieterich, sociólogo y economista alemán residente en México, quien sostiene esa tesis.
Le saludo, lector.