Bernardo Elenes Habas
Escribo una oración de paz.
Recorro caminos empolvados por el tiempo y la distancia.
Se me revela el Cajeme de llanos y soledades, donde las casitas de paredes de carrizo y barro, alumbradas tenuemente en su interior por lámparas de petróleo, se hundían en el silencio del invierno. En la neblina que viajaba con lentitud desde la extensión húmeda del valle, proveniente del mar.
A veces, la niebla se trastocaba en llovizna. Y los niños de entonces, los que contábamos uno a uno los días de diciembre, esperando que asomaran los primeros rayos de luz de la Navidad, como los adultos, nos refugiábamos en los chinames, deshojando relatos silvestres, o escuchando la voz rural de los mayores, como los ecos de rumor marino de Juan, mi padre. O desgranando la leyenda del Caminito de Santiago -Vía Láctea-,y las vicisitudes del Señor San José y la Virgen María viajando en un burrito, sintiendo las señales del parto, vislumbrando, a lo lejos, las luces de Belén, como relataba María, mi madre.
Cierto, son ahora otros tiempos. Y la ingenuidad de las generaciones de ayer, fue sepultada por la tecnología, la que define que Dios no se encuentra en el cielo, tras una nube o una galaxia; pero que establece la infinita grandiosidad del universo, donde palpita el corazón de la vida…
Sólo que estos tiempos de asombrosos avances y descubrimientos, dejan un vacío en la mente de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes. Y la vertiginosa oportunidad de encontrar respuestas a sus inquietudes, éstas llegan sin misticismos, sin la magia del asombro, y se va forjando un núcleo oscuro en el genoma del hombre nuevo, volviéndolo pragmático, insensible. Sin amor por los seres, y por supuesto, por sí mismo. Sin respeto por la vida, lo que se refleja en un mundo acechado por la violencia, cuando con frialdad estremecedora, alguien dispone de la vida de los demás…y no sólo lo asesina, sino que le cercena cabeza, brazos, piernas…
Sin embargo, los padres de hoy, las madres de hoy, quienes aún guían a sus niños tomándolos de las manos, abrazándolos y sintiendo el palpitar de su corazón pequeñito en el pecho propio, tienen la oportunidad de revertir el caudal frío y enfermo de la indiferencia que amenaza a las nuevas generaciones.
Tienen, ante sí, la tierra fértil, el barro noble para sembrar en las conciencias infantiles, en las inquietudes adolescentes, la semilla luminosa del respeto. Del amor. De la humildad. Porque sólo quien se ama a sí mismo, puede amar a los demás.
¿Acaso, no es posible descubrir, ahora, en estos días de diciembre, cuando maravillosamente surge un anhelo de acercamiento entre los seres humanos, junto a sus pequeños, sin egoísmos, sin odios enfermizos, sin ambiciones perversas, que la paz en la tierra es para los seres de buena voluntad?
Todo es posible en estas noches mágicas, cuando se acerca Navidad… en la que sigo creyendo como cuando fui niño…
Le saludo, lector.