Bernardo Elenes Habas
El factor unidad, es imprescindible, ahora más que nunca, en Cajeme.
La criminalidad crece impunemente y no se percibe, a través de los programas conjugados para abatirla, resultados que proporcionen tranquilidad al tejido social del Municipio.
Causa azoro comprobar lo inevitablemente real: el hecho estadístico de que en esta comunidad de trabajo y anhelos de desarrollo, durante los meses anteriores el número de homicidios dolosos supera a los días que lo conforman. Sucedió en agosto. Sucede en septiembre. Y, en los últimos años, Cajeme ha sido parte de la tasa nacional de homicidios dolosos, de acuerdo al informe del Observatorio Sonora por la Seguridad.
Cierto, se han realizado marchas pidiendo por la paz. Algunos sectores de la comunidad proceden a levantar la voz para que la tranquilidad prevalezca. Pero estas acciones luego se diluyen en el polvo del olvido y la indiferencia. Es evidente que no existe un seguimiento consistente ni de las autoridades ni del conglomerado social, para que cese la metralla cotidiana. El acecho. La persecución. La muerte.
Las acciones en unidad, pues, tienen que ser la fuerza que marque el derrotero hacia la seguridad. Pero no sólo con una manifestación encaminada a cumplir expectativas mediáticas, como lo hacen los líderes sociales, sino con la definición de una iniciativa cuyos puntos sean irrenunciablemente ejecutados y comprobables, que involucre a los legisladores cajemenses en las Cámaras Baja y Alta del Congreso de la Unión. Asimismo, a los diputados del parlamento local y a los regidores de la comuna.
Y, por supuesto, a los sectores productivos, comercio, industria, iglesias, estructuras deportivas y culturales, magisterio, profesionistas, sindicatos, trabajadores del campo y la ciudad, hombres, mujeres, jóvenes comprometidos con el presente y futuro de la tierra que se constituye en su raigambre, y que será heredad para su propia sangre en los días y años por venir.
Esa unidad, esa fortaleza, debe exigir al gobierno del estado, al gobierno federal, a las instituciones procuradoras y administradoras de justicia, acciones consistentes, de tiempo completo. De fondo y forma. Sin los protocolos que marca la burocracia, porque el crimen no sabe ni respeta esas etiquetas.
Lo urgente, sin duda, es atacar los efectos de una criminalidad desbordada. Pero también, paralelamente, enfrentar las causas que convierten a una comunidad como Cajeme, en rehén del delito, y generar el compromiso histórico de transformar esa realidad para que el presente y el futuro sean mejores para las familias.
Las condiciones objetivas y subjetivas que prevalecen, dejan claro que es tiempo no de solicitar, no de suplicar, sino de exigir respuestas y acciones, que conlleven a lograr la paz que se ha perdido y cuyos efectos funestos siguen creciendo, los que evidentemente ni el gobierno de Claudia Pavlovich, ni el de Enrique Peña Nieto, han podido detener.
Le saludo, lector.