Bernardo Elenes Habas

La tormenta asesina del coronavirus, despierta la capacidad de asombro de los cajemenses.

A pesar de testimonios que brotan desde la realidad estrujante de estadísticas en Sonora, con un registro de 165 contagios y 17 defunciones, hasta el 21 de abril (San Luis Río Colorado enciende focos de alarma con 79 casos), se toma conciencia de una situación que está presente, no obstante que ese sentido de sobrevivencia se percibía dormido.

Pese a que en Cajeme existen 12 casos de personas enfermas, aún se observa reticencia en algunos sectores de la población, pero afortunadamente ese tejido es minoritario; mismo que, en plena fase 3 de la estrategia para combatir la cadena de contagios, sale a las calles a procurarse la vida o aprovechar las ofertas de promociones sociales que se hacen con productos básicos, sin tomar prevenciones, sin cumplir la sana distancia y carentes de cubreboca, como sucede en improvisados tianguis comunitarios, realidad que se constata con fotografías que circulan en redes cibernéticas.

Pero en general, se siente el presagio que teje en el ambiente el Covid-19, con su secuela de soledad en las calles. El silencio que se alarga lento y pegajoso durante el día y se llena de antiguos misterios al caer las sombras.

Se percibe, en la mayoría de las familias cajemenses, una mezcla de temor y ansiedad, al desconocer cuál será el destino de sus integrantes ante la pandemia. Si podrán resistir los embates de la enfermedad en caso de trasponer las puertas de sus hogares. Cómo sortearán las inaplazables necesidades de alimentación, los cobros de servicios de luz y agua, las deudas contraídas. ¿Cómo?

Cajeme, poco a poco deja de latir en forma acelerada. Regresando a escenarios que aún están tatuados en sus raíces rurales de hace más de 90 años, cuando este pueblo emergía como Congregación, Comisaría, Ayuntamiento, y sus calles se convertían en arroyos durante el tiempo de aguas. Cuando las carretas tiradas por mulas y los caballos eran el medio idóneo de transportación. Cuando barriqueros, vendedores de leña, recorrían las calles desnudas y atravesaban llanos entre remolinos que se perdían en el azul infinito.

Esas reflexiones y recuerdos brotan de la sensibilidad de antiguos pobladores de esta comunidad, quienes vivieron parte de tan lejanos horizontes o los abrevaron en noches de acercamiento familiar, ante la tenue luz de la lámpara de petróleo parpadeando sobre la mesa, saliendo los relatos de las palabras viejas de sus padres, tíos, abuelos, convertidos en cuentos y leyendas que servían de arrullo para ir a la cama.

Mi madre, María Habas Armenta, nacida en Cócorit en 1918, no dejaba que los relatos de sus padres y abuelos se diluyeran en el olvido y se perdieran más allá de Bacatete. Por eso recreaba los días de la influenza española que se abatió sobre su pueblo, tal como lo referían los testimonios de sus mayores.

Comentaba, también, de la forma en que las madres de familia se angustiaban, cuando un severo brote de poliomielitis (parálisis infantil, decía), amenazó a Cajeme en 1946, siendo hasta 1955 cuando se descubrió la vacuna llamada Salk, que comenzó a aplicarse a los niños menores de cinco años. La escuela Fernando F. Dworak, fue centro de aplicación, a donde acudían las señoras con sus hijos para que recibieran la dosis salvadora.

Ahí se escuchaban –decía- pláticas que llenaban de angustia, porque había mujeres que desbordaban su imaginación y comentaban que “la polio, viene ya por la calle Jesús García”, como si se tratase de un animal al que pudiera vérsele caminar.

Otro tiempo de temor, fue la llamada “Creciente del 48”. Época en que las equipatas (lluvias ligeras que se presentan en la región generalmente durante el invierno), comenzaron a manifestarse desde noviembre de 1948, extendiéndose hasta mediados de enero de 1949, más de dos meses de llovizna continua día y noche, provocando la preocupación y el asombro de las familias de la ciudad y del campo, gente que veía lesionada sus economías al tener que dejar de laborar, suspender clases, con los consiguientes daños en cultivos, comercios, talleres, oficinas, bancos.

La lluvia que se prolongó por más de dos meses. Inundó principalmente a Plano Oriente, sobre todo en las áreas cercanas a las vías del ferrocarril, donde el agua alcanzó altura de hasta un metro, desde la calle Obregón hasta los linderos de las vías.

Está documentado en los libros de los cronistas Miguel Mexía Alvarado, José Escobar Zavala y Rogelio Arenas Castro, y por supuesto en la relatoría popular, la forma en que se tuvo que trasladar el cadáver de una mujer –Amparo Espinoza-, quien fue velada en su vivienda durante los días del temporal, y al trasladarla al Panteón de Nuestra Señora de Guadalupe (Viejo), debieron improvisar una balsa con tambos aceiteros de 200 litros y madera.

Ahora –abril 22 de 2020-, la historia comienza a escribirse con el avance letal del coronavirus, que no solamente daña el sistema respiratorio de las personas, sino la economía en general, sin que exista hasta el momento vacuna efectiva.

Las autoridades cierran filas en la entidad y municipios, teniendo como objetivo salvaguardar las vidas de los sonorenses. Lo hacen la gobernadora Claudia Pavlovich y el alcalde de Cajeme, Sergio Pablo Mariscal Alvarado, con llamados reiterados, vehementes para que todos vean y sientan sus hogares como el templo sencillo donde oficien con sus familias, el ceremonial de la unidad, del amor, de la esperanza, depositando la fe en la batalla para cruzar la tormenta y lograr que mañana sea un nuevo día.

Pero también gestionan el buen funcionamiento de áreas hospitalarias, con equipos e insumos. Ponen en marcha campañas de apoyo alimentario a familias vulnerables. Propician apoyos a micro, pequeñas y medianas empresas. En esta hora, sin duda, cada ser humano está obligado a encender su luz íntima, a través de la que sea capaz de alumbrar sus actos y su propia conciencia…