Bernardo Elenes Habas

En el barrio, calle Saperoa (ahora 6 de Abril) y Coahuila, conocían la casa de Domingo García, como “el tinaco de los gachupines”, dice Rigoberto Monge, quien toda su vida ha radicado en esa área.

Y es que, ciertamente, en los años 40, funcionaba en el citado solar, un pozo de agua dulce (tinaco, le llamaban las familias de esos lejanos tiempos), operado por Domingo García Gutiérrez, quien había llegado al Valle del Yaqui procedente de su natal España.

En la misma área, calle Colima y Cuchus (hoy Jesús García), prestaba también servicio de abastecimiento de agua a barricas, otro tinaco, con diferente propietario.

Aunque, desde años atrás, en la ahora Plaza Lázaro Cárdenas, perforó un pozo José Camalich, en 1925, cuando Cajeme era Comisaría, y la gente bautizó dicho espacio como Plaza del Dipo. Años después sería 18 de Marzo. Luego, a instancias de don Bernabé Arana León, líder agrario de la generación del Machi López, Lázaro Cárdenas.

La casa de don Domingo, ubicada en la esquina de 6 de Abril y Coahuila, construida en 1935, de acuerdo a comentario de Rigoberto Monge, entró en proceso de demolición desde la segunda quincena de febrero de este año, para darle paso a la modernidad; vivienda de dos pisos tan bien hecha, con anchos muros de ladrillo y castillos de cemento, que los obreros encargados de destruirla batallaron grandemente, como si se enfrentaran a un viejo gigante del Cajeme de ayer que se negaba a morir. Su labor se extendió hasta la segunda quincena de abril.

Domingo García, quien poseía la concesión del pozo de agua, por la que pagaba al Gobierno Federal 78 pesos anuales, era propietario también de una flotilla de barricas, las que rentaba o cedía a comisión a los repartidores del vital líquido, de tal manera que hay documentos extendidos por Tesorería del Ayuntamiento de Cajeme el 3 de febrero de 1950, amparando el pago de 27 placas de circulación para carretas con vigencia de un año, por un total de 407 pesos.

Ciudad Obregón despuntaba apenas como un pueblo polvoriento. Con lodazales en sus calles durante “el tiempo de aguas”. Pero, con visión inquebrantable de sus pocos habitantes, para construir la ruta del progreso.

Era, la ciudad, cabecera municipal desde 1928. Y, evidentemente le quedaba grande la categoría de urbe. Aunque prevalecía voluntad en los alcaldes que ocupaban el cargo y gestionaban recursos ante las autoridades estatales y federales, motivando a las familias para que se sumaran y se atrevieran a soñar hasta en lo imposible.

Así pasaron por la alcaldía Ignacio Ruiz Armenta, 1928; Ignacio Mondaca, 1928-1929; Gustavo Cuevas, 1929-1930, etapa en la que Cajeme vivió el llamado Movimiento Renovador, propiciado a nivel nacional por el general José Gonzalo Escobar contra Plutarco Elías Calles, cuyo objetivo era evitar que el llamado Jefe Máximo impusiera a Emilio Portes Gil en la presidencia de México, luego que murió asesinado el presidente electo Álvaro Obregón. Gonzalo Escobar fue derrotado, no sin antes dejar huella en el Municipio donde se suscitaron bombardeos.

Y pese a los contratiempos que se generaban en los procesos electorales de Cajeme, con el predominio del partido fundado por Calles (PNR, luego sería PRM y actualmente PRI), donde también hacía valer sus fortalezas la CTM al interior del tricolor, e igualmente el Partido Popular Socialista, la comunidad siguió avanzando, fortalecida en la actividad primaria de la agricultura y un visionario comercio que crecía.

Sin embargo, las pasiones políticas –como sucede ahora-, entorpecían los mandatos de los alcaldes electos, incluso oponiéndose violentamente a que algunos ocuparan sus cargos, como sucedió en el periodo 1935-1937, donde Crisógono Elizondo fue declarado triunfador en las urnas, pero la fuerza combativa de los grupos obrero y campesino no le permitieron ejercer, designando el gobernador Ramón Ramos un Consejo Municipal encabezado por Antonio Salmón, quien debería convocar a nuevas elecciones.

Ese tipo de acciones se repitieron a través de un largo trayecto electivo municipal, situación que, ciertamente, se constituyó en retraso para el florecimiento anhelado de una comunidad que estaba destinada a marcar rumbo en el sur de Sonora, y a convertirse, con el tiempo, en el segundo municipio más importante de la Entidad.

Lo anterior lo dejé plasmado ya en una de mis crónicas. Escribí, también, que siendo presidente municipal Heriberto Salazar (1943-1946), los barriqueros realizaron un plantón exigiendo se autorizara el precio de 1 peso por llenado de barrica, asimismo que en lugar de dar 2 latas mantequeras con agua por 5 centavos, fueran 3 latas por 10 centavos, demanda que aceptaron las autoridades.

Ser barriquero, era todo un oficio. Porque quienes ejercían tan necesaria actividad, tenían que cuidar y alimentar las mulas, darle servicio a las carretas donde se empotraba un gran barril de madera, parado, ajustado con cinchos de acero. Acudir en horas de la madrugada, diariamente, a llenar sus recipientes. Luego, recorrer sus rutas para recibir el llamado de las amas de casa pidiendo la descarga del vital elemento, con lo que cumplían.

Cayó, pues, la casa de Domingo García, a la que muchos de los adolescentes y jóvenes del barrio como Armando Vega Quiñónez, Manuel Mata Herrera, José Vega Quiñónez, Trinidad Vázquez, Jesús Antonio Salgado, entramos a buscar y esperar a nuestro amigo El Cuchi García, nieto de don Domingo, para recorrer el mundo de las plazas públicas y sus periferias. En esta crónica, le ofrezco una secuencia de fotos de la vivienda, en cuya esquina de la planta baja funcionaba la oficina de seguros de Gustavo Cárdenas García, nieto del legendario español, y donde se aprecia aún el tubo emergiendo del pozo, que en los 40 surtía a las barricas de un Cajeme que se diluye en la memoria…