CANTO NUEVO

Ya no tendrán mis manos

olor de pólvora y batalla,

ni mis pies el cansancio

de andar y andar distancias.

La ardiente cicatriz

de mi pecho moreno,

será tan sólo un símbolo,

una bandera roja

que contará la historia,

herida por herida.

Ya no tendrán mis manos

olor de furia y sangre,

de polvos milenarios

que cada pueblo guarda,

porque al tocar tu cuerpo,

sensible, suave, vivo,

nacerá un canto nuevo,

con la voz de los muertos.

YOREME

Mi corazón yoreme

no ha sido derrotado,

tiene las cicatrices

del tiempo y del dolor,

se le clavaron hondo

extranjeras miradas,

lo arrastraron sin tregua

por más de cuatro siglos,

y desde el Maso Koba

-una tarde de invierno-,

brutal, violentamente,

lo hicieron descender.

Cuando la luna crece

y aúllan los coyotes,

se viste de venado,

recorre las llanuras,

busca la serranía,

bebe la libertad.

Pero al morir la noche

y despertar el día,

mi corazón yoreme

lleno de rebeldía,

se vuelve una pitahaya,

herida por el sol.

ARMA

En las horas violentas

de fuegos y metralla,

cuando las estructuras

del mismo viento tiemblen,

y la rosa sucumba y la espiga

padezca,

quiero tener conmigo

tan sólo una guitarra,

con su mira ajustada,

con su canción dispuesta,

para apretar sus cuerdas

y entonar con el pueblo

el himno combativo de la revolución.