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Rescatar a la familia, la gran proeza.- La pacificación del país no solamente debe atacar los efectos de la violencia, sino las causas.- La desintegración en los hogares por carencias económicas, se constituye en principio para las conductas antisociales…

Bernardo Elenes Habas

Corren vientos de odio, sobre la piel angustiada de los pueblos de México.

Nadie, quien haya visto o tenga las referencias ante su asombro, de cómo atacan con balas asesinas a un ser humano. Cómo la sinfonía macabra de las metralletas descarga su furia sobre un vehículo, hasta que brota la sangre de sus ocupantes, sin importar que sea de niños.

Nadie, quien haya llenado sus ojos y su corazón de terror con ese tipo de hechos, los que se multiplican como información en las redes sociales aún con la sangre fresca, puede ser del todo feliz en donde el odio cae como lluvia amarga sobre las calles y casas de pueblos y ciudades, caracterizado no sólo por la barbarie y la muerte, sino también bajo la presentación ácida del desprecio a quienes no comparten ideologías y concepciones políticas, surgiendo el rechazo procaz hacia aquellos que piensan diferente y sueñan con horizontes justos, creyendo que se los permite la democracia verdadera…

Por eso, insisto, en que el gran rescate que debe proponer la sociedad misma ante los niveles de gobierno, asumiendo su corresponsabilidad social, tiene que estar dirigido a la familia.

Lo expresé hace tiempo, en este espacio. Lo reafirmo, con vehemencia:

Rescatar a la familia, es el gran reto. En México, la pacificación no será posible si el Gobierno de la Cuarta Transformación no se empeña en atacar las causas que mantienen el alma herida del pueblo y sus contrastes sociales, con programas de fondo y forma, no a través de cruzadas clientelares.

Una política social justa, transparente, medible, debe avanzar en forma paralela al proyecto de pacificación del país puesto en marcha por el Gobierno de la República, como uno de los ejes de la Cuarta Transformación.

En el caso de la Guardia Nacional, organismo cuyo funcionamiento no queda del todo claro en la conciencia de los mexicanos, mantiene ya coordinación con elementos del Ejército, la Marina y fuerzas policiales estatales y municipales, desde los ámbitos de inteligencia y acciones directas para sofocar brotes de violencia. Aunque la realidad nos recuerda que se estrenó con seis mil elementos para resguardar la frontera sur y contener a los migrantes que tienen como meta Estados Unidos.

Se vuelve evidente que en el país, los agrupamientos de salvaguarda y prevención, atacarán, como siempre, los efectos provocados por la delincuencia en todos sus niveles, principalmente en el temible rango del crimen organizado.

¿Pero, y las causas que generan esos brotes de conductas antisociales, algunos muy arraigados, quién y cómo las combatirán?

Es innegable que el tejido social de las comunidades, está muy maltratado. El alma generosa de los pueblos se volvió, inexorablemente, desconfiada, maliciosa, rebelde, porque los tiempos, la clase política y los mismos gobiernos, contribuyeron a provocar esa mutación de sentimientos que tuvieron raíz en la bondad, la sencillez y la solidaridad humana, dando paso a la conversión de gente insegura, suspicaz, colocándola, en muchos casos, sobre el filo de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, con una lamentable pérdida de capacidad de asombro, de deshumanización gradual…

Si el gobierno de la Cuarta Transformación ha marcado su ruta invariable para pacificar a la nación, depositando en la Guardia Nacional ese portentoso cometido, es preciso que sus operadores, sus ideólogos, pensadores quienes saben trascender en la línea del tiempo con herramientas propicias, preparando el advenimiento futuro a través de cambiar el presente, tengan claro que hace falta, también, crear un frente nacional de grandes proporciones encaminado a detectar los núcleos de injusticia social, los espacios donde las percepciones económicas de las familias las mantiene estáticas o en retroceso, sin horizonte cierto, sin sueños benéficos que les alimente el alma.

Porque, ya comienza a comprobarse que no son suficientes los apoyos directos del Gobierno de la República a mexicanos de la tercera edad, para que sobrelleven su tramo final por la vida. Como tampoco son satisfactorios los respaldos a jóvenes que estudian, que trabajan, o no lo hacen, porque no deja de ser una filosofía paternalista y clientelar, humedecida por la desconfianza.

Y todo esto permite sopesar que se está descuidando la célula fundamental de toda sociedad: la familia: Destruyendo sus valores, sus principios. Enfrentándola a cambios que desgastan su espíritu primigenio de superación digna, en lugar de fortalecerlo.

Quienes se han propuesto y están obligados a la pacificación del país, tendrán que enfocarse también a luchar contra las causas de la grave problemática de la violencia en pueblos y ciudades, y no solamente pretender combatir los efectos.

Deberán aceptar que es la economía, la que no ha sido conducida por los puentes de la verdadera justicia social, la que está fallando.

Que la falta de equilibrio en la distribución justa de la riqueza que es heredad común de todos los mexicanos, provoca familias desintegradas por la ausencia de oportunidades; donde la mesa ante la que se sentaban padres e hijos, a la hora de los alimentos, como era costumbre, prácticamente se ha borrado de muchos hogares, porque en miles, millones de ellos, la madre se constituye en jefa de casa, y generalmente a la hora de la comida no hay mesa servida y no está presente porque tiene que trabajar para proveerse de magros alimentos, quedando los niños a merced de la calle y sus acechanzas, que se convierten, con el tiempo, en senderos tortuosos por donde se llega al infierno de las drogas, al robo, la prostitución, la violencia indecible. La muerte.

Atender la integración de la familia para la pacificación de México, desde su alma lastimada, se convertiría en un gran reto nacional.

Sería una proeza transformadora, capaz no solamente de construir nuevos valores y formas, sino de rescatar el espíritu que los tiempos y los malos gobiernos han destruido. Sí, ese espíritu acribillado por economías cifradas en corrupción y ambiciones de grupos, que propiciaron abandono, miseria, egoísmo, odio, donde cada ser humano, hombre, mujer, joven, niño, tiene que luchar por su supervivencia en una jungla enmarañada y cruel; espacio de poderosos, donde la familia, poco a poco, está dejando de existir como embrión de toda sociedad… Le saludo, lector.

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